Ibn jaldún y la sociología de la historia
VIDA, OBRA Y PENSAMIENTO DE IBN JALDÚN
Elías Trabulse[2]-
NOTICIA BIOGRAFICA DEL AUTOR
Podría parecer a primera vista relativamente sencillo el escribir la biografía de Ibn Jaldún ya que él mismo tuvo buen cuidado de dejarnos reseñados los principales hechos de su vida en una valiosa Autobiografía que al decir de uno de los más distinguidos estudiosos de la obra de este autor es una de las “más detalladas narraciones biográficas de la literatura musulmana medieval”[3] y que en buena medida ha sido el punto de partida para los numerosos trabajos que se han ocupado de nuestro autor. Por otra parte, existen preciosos testimonios de algunos de sus contemporáneos tales como Ibn Jatib[4] que complementan sus datos autobiográficos. Sin embargo, muchos de los hechos de la vida de aquel personaje han permanecido ocultos y probablemente no se conozcan jamás ya que ni Ibn Jaldun tuvo interés en referirlos ni sus contemporáneos consideraron de importancia el reseñar los sucesos que un biógrafo de nuestros días consideraría como imprescindibles para una biografía de tipo “psicológico”[5]. Así, desconocemos las circunstancias en las que transcurrió su niñez y los principales hechos de su calamitosa vida familiar. El campo a la conjetura resulta, en consecuencia, amplio y no pocos autores se han dejado llevar por esa tendencia que infiere de ciertas afirmaciones vagas, consecuencias que se nos antojan hasta cierto punto aventuradas ya que no descansan en datos fácticos de positivo valor[6].
Nuestro interés no es pues el de dar la biografía completa de este eminente historiador, sino solamente el de esbozar una semblanza, un bosquejo de pocas líneas, que sin pretensiones críticas permita ubicarlo en su momento histórico. La conclusión, como apéndice, de la Autobiografía podrá esclarecer al lector estudioso de estos asuntos los puntos que aquí sólo mencionamos en forma por demás sumaria[7]. Abd-ar-Rahman ibn Muhammad ibn Jaldún al-Hadrami nació en Túnez el 27 de mayo de 1332 en medio de una familia andaluza originaria de Hadramawt (región de la costa sur de la península arábiga), que había emigrado hacia el África del Norte y de ahí a España alrededor del siglo IX, algunos decenios después de la invasión musulmana de la península ibérica. Establecidos en Sevilla, los antepasados de nuestro autor ocuparon lugares prominentes en los reinados omeya, almorávide y almohade de la España islámica. A mediados del siglo XIII y debido principalmente a los efectos de la reconquista española, la familia Jaldún emigró al norte de África estableciéndose en Túnez. En la ciudad, el abuelo y el padre de Ibn Jaldún ocuparon puestos destacados en la administración gubernamental.[8]
La educación que recibió Ibn Jaldún fue esmerada y acorde con su posición social. Su padre, que era afecto a las letras y además un erudito e inspirado poeta, dirigió los primeros estudios del futuro historiador. En su narración Ibn Jaldún evocará algunos de los poemas paternos y no olvidará consignar los nombres de sus otros preceptores en estudios coránicos, en jurisprudencia, en gramática y en poesía. Cerca de Túnez su familia poseía una propiedad que se veía frecuentada por los amigos del padre, políticos o intelectuales, que propiciarían el desarrollo intelectual de nuestro autor.
En 1349 perdió a su padre, y a algunos amigos, maestros y familiares víctimas de la peste que azotó el Magreb.[9] En 1350 se le nombra para un importante puesto político con el que inicia una azarosa vida de cortesano. Durante nueve años, de 1354 a 1363, lo vemos en la corte merínida de Fez. En estos años aprovecha para completar su formación con los maestros marroquíes a pesar de que los cambios y las peripecias políticas en las que se ve envuelto le cuestan dos años de cárcel (1357-1358). Durante dos años más, de 1363 a 1365, viaja a España. Es embajador ante Pedro el Cruel de Castilla y el año de 1364 lo pasa en Granada. Entre 1365 y 1374 ocupa varios puestos políticos que lo llevan a intervenir en las diferentes pugnas dinásticas y en las rivalidades palaciegas, circunstancias que lo obligan a cambiar constantemente de partido según la fortuna de las armas de los múltiples reyezuelos norteafricanos en conflicto. Las peripecias políticas de esta época nos las ha retratado fielmente en su Autobiografía.
De 1374 a 1378 se retira a la villa de Qalat-Ibn-Salama donde se dedicará en callada pero activa soledad[10] a redactar su opus magna: los Muqaddimah. Cuatro años más (1378-1382) le servirán para darle los toques bibliográficos a su obra la cual es ofrecida como presente al sultán hafsida en turno.
A los 50 años emprende una nueva carrera política en Egipto que durará 24 años (1382-1406), hasta su muerte. Cambiando constantemente de protector, de bando y de política, ocupará diversos cargos: será magistrado y maestro. Su elocuencia y su indudable talento le acarrearán enemistades difíciles. Cinco veces es removido de su puesto y otras tantas reincorporado al mismo. Una única y saludable pausa, en 1387, le permite cumplir con su peregrinación a la Meca.
En 1401 lleva a cabo su última misión diplomática ante Tamerlán a quien encuentra cerca de Damasco. En fin, el 17 de marzo de 1406 muere en el Cairo y es enterrado en el cementerio de los sufís.
El frío dato cronológico nos a ocultado los entretelones de la agitada vida de uno de los más grandes filósofos de la historia en quien la acción y la contemplación lograron en ciertos instantes una síntesis perfecta.[11] Su existencia rica y abundante en peripecias transcurrió en todas las ciudades musulmanas del sur del Mediterráneo: de Granada y Sevilla a el Cairo y Damasco. La mayor parte de su vida la pasa en la Berbería entre Túnez, Tlemcén y Fez.[12] Todo el mundo político del que nos habla ha sido objeto de su experiencia personal. Sus viajes y su habilidad política, humana y social le permitirán familiarizarse con los estados musulmanes del Magreb y con sus instituciones. Conocerá la vida urbana y la nómada, la ciudad y la tribu, sus tradiciones, prejuicios y características peculiares. Político sutil y “oportunista”, sabrá colocarse a tiempo en el bando triunfante. Su lealtad, movediza y frágil, lo hará pasar de los hafsidas de Túnez, a los merínidas de Marruecos, a los narsidas de Granada, a los mamelucos de Egipto. Sus gestiones diplomáticas ante Pedro el Cruel y ante el mongol Tamerlán dan la pauta de sus méritos como político. Su larga línea genealógica española lo hará inclinarse con simpatía hacia las instituciones de la España musulmana, aunque no por ello dejará de reconocer su origen magrebino y árabe. Esta triple raíz cultural hará de Ibn Jaldún un historiador cosmopolita. Es así mismo un historiador de la aristocracia y un político fracasado como Tucídides con quien a menudo se le compara. Cronológicamente, Ibn Jaldún fue contemporáneo de Petrarca, de Chaucer y de Froissart, pero también de la Guerra de los Cien Años y de las invasiones molgolas. Escritor del “otoño de la Edad Media” occidental, nos hace evocar los bustos de Jano que miran al pasado y al porvenir. Filósofo de la decadencia de las culturas, su obra es sin duda uno de los monumentos históricos más impresionantes de la historia del pensamiento.
ESTRUCTURA Y CONTENIDO DE LOS “MUQADDIMAH”
Como ya dejamos dicho, fue en un breve paréntesis de cuatro años, cuando Ibn Jaldún escribió los Muqaddimah o Prolegómenos a su Historia Universal (Kitab al-Ibar). En rigor, los Muqaddimah comprenden la introducción propiamente dicha y el Libro Primero de la Historia, y forman la obra más conocida y representativa de Ibn Jaldún.[13]
Los Muqaddimah son una obra enciclopédica donde los temas tratados guardan un orden determinado articulados en una introducción y seis grandes secciones o libros que comprenden toda una suma de los conocimientos de su época, desde la cosmografía y la geografía del mundo hasta la retórica y la poética. Este esquema aristotélico, estructurado por un erudito conocedor del estagirita, constituye evidentemente “la síntesis más comprensiva de las ciencias humanas, efectuada por los árabes”.[14] Estructura y forma contrastan notablemente con las obras y relatos de otros historiadores musulmanes y de la antigüedad grecorromana que acumulaban los hechos históricos con notable precisión cronológica no carente de tediosa prolijidad.
El plan de composición de los Muqaddimah nos revela una estructura lógica rigurosa que nos lleva de principio a fin, siguiendo un hilo conductor no interrumpido sino ocasionalmente por las eventuales digresiones del autor.
Sus fuentes son numerosas y su erudición notable.[15] Sus citas son por lo general exactas, aunque en ocasiones, por carecer del documento, cita de memoria o glosa la idea de un autor, lo que da por resultado citas incompletas que poseen variantes con los textos originales que han llegado hasta nosotros. Su erudición, sin embargo, no es vacía sino que complementa admirablemente la realidad viva observada y sentida por él.
Su crítica de los documentos es rigurosa y en muchos aspectos “moderna”. Recomienda clasificar los hechos según su “importancia relativa”, agruparlos e interpretarlos. Propone varias reglas útiles de crítica que favorece que el historiador acceda a la verdad. Rechaza las fábulas y leyendas y las cifras exageradas de los relatos históricos (aunque él mismo a veces incide en este defecto). Recomienda no dejarse llevar del “espíritu de partido” ni del deseo de adular, ni de la confianza ciega. Más vale confesar la propia ignorancia en el conocimiento de las causas de los hechos que dar crédito a tradiciones poco dignas de fe, aun las religiosas. Insiste en que los textos deben ser analizados y rechazados cuando contengan interpolaciones o alteraciones. El historiador debe evitar incurrir en defectos tales como la confianza ciega en sí mismo, o la búsqueda de lo sensacional.[16] Su único interés, nos dice, es buscar las características peculiares de las civilizaciones. Pero Ibn Jaldún no fue ajeno a su época. El prejuicio histórico se desliza en su historia enmascarado de elitismo y racismo. Su criterio aristocratizante a veces nos parecería incompatible con su intelecto crítico; su idea del individuo “puro de sangre” no concuerda con su noción de la sociedad y de la cultura. Su intolerancia religiosa nos hace ver la difusión de las corrientes místicas y fideístas radicales que invadieron el mundo islámico en el siglo XIV como reacción al racionalismo desmitificador de las décadas anteriores. Ni aun un hombre de genio como Ibn Jaldún pudo sustraerse a las limitaciones de su tiempo. Con criterio oriental a veces gusta y cae en lo maravilloso, pero más como concesión al estilo literario que como afirmación histórica.
Aunque en ciertos pasajes su estilo puede ser clasificado de “arabesco literario”, por su afán de hacer digresiones y por lo prolijo, oscuro e incorrecto de ciertos fragmentos, en general podemos decir que su prosa es sobria y precisa, sin alegorías, directa, carente del término noble o poético. Su historia no es trágica o grandiosa sino llana, no aparecen los grandes hechos o las acciones heroicas, sino la implacable vida de lo cotidiano e ineludible que engendran los verdaderos grandes sucesos. No está destinada a entusiasmar; es por el contrario el relato frío de un espíritu lógico, una obra reflexiva, que en ocasiones adquiere la precisión y claridad de un teorema.[17] Nunca sacrifica la exactitud al estilo y aunque no es ajeno a la elocuencia la elude en cuanto lo esencial y frío de los hechos históricos puede verse distorsionado por las sutilezas retóricas de la oratoria. Nada nos permite apreciar cuán lejos se encuentra Ibn Jaldún de Tucídides, de Isócrates o de Cicerón como éste su deseo de hacer de la exposición histórica no una obra de arte que pinte con elocuencia guerras y acciones dignas de la “memoria de los tiempos” sino una obra invariablemente llana, que en ocasiones adquiere el tono lacónico, académico y sentencioso de Tácito. Los Muqaddimah contrastan, por su imparcialidad política, con los vaivenes de la vida pública del que los escribió, ya que en ellos no vemos aparecer el compromiso político en ninguna de sus formas y con ninguna casa o dinastía reinante. Su sobriedad estilística recuerda a veces el alegato de un abogado o la exposición magistral de una cátedra.
A pesar de lo refinado de su cultura literaria, su vocabulario le resulta limitado para la vastedad de sus ideas por lo que se ve precisado a forjar neologismos que reflejen fielmente su pensar, lleno, como bien afirma Rosenthal, de “matices y sutiles variaciones” propias de un poderoso y penetrante intelecto. Estos neologismos requerían constantemente ser adaptados al lenguaje moderno por lo que la traducción de la obra resultaba una pesada tarea sobre todo por la riqueza conceptual que dicha terminología entrañaba. El mismo término tiene en muchas ocasiones varios significados según el contexto en el que está incorporado. Además es necesario tener en consideración las variaciones conceptuales que encierra una misma palabra a cinco o seis siglos de distancia; por ello no ha dejado de ejercer una cierta atracción sobre los lingüistas de nuestros días.
LA FILOSOFIA DE LA HISTORIA
a. Generalidades
Una obra como la de Ibn Jaldún, que abarca una gran porción de los conocimientos humanos, difícilmente puede ser expuesta y analizada tanto en su contenido como en su expansión en unas cuantas páginas. Los estudios sobre su teoría de la historia y su filosofía de la cultura se han multiplicado desde mediados del siglo XIX; sin embargo en algunos aspectos, las raíces profundas de su pensamiento permanecen todavía ocultas ya que las múltiples interpretaciones del sistema filosófico jalduniano no han hecho sino oscurecer aun más su verdadera idea de la historia. Las causas de esta pluralidad de criterios radica en que se ha tendido, en la mayoría de los casos, a identificar las teorías del filósofo tunecino con alguna teoría moderna, sin antes haber dilucidado bien los alcances que el mismo Ibn Jaldún daba a sus postulados. Como bien ha señalado un erudito historiador español, es necesario definir con precisión el significado de las tesis jaldunianas, ya que si a primera vista éstas nos parecen idénticas a las sostenidas por algunas teorías sociológicas, económicas o filosóficas modernas, en el fondo se revelan “como derivadas de principios distintos”.[18]
Este error de óptica de ciertos estudios jaldunianos ha llevado a sus autores a hacer de Ibn Jaldún un precursor de multitud de teorías modernas, y aunque es patente que en algunos aspectos ciertamente se adelantó a su siglo y es casi un contemporáneo nuestro, en otros permanece anclado en el siglo XIV islámico. Se le ha comparado por su idea de la historia con Tucídides y Polibio; por su “duda metódica” con Descartes y Montaigne; por su “ciencia nueva” con Vico; por sus teorías políticas con Maquiavelo y Bodino; por su determinismo geográfico con Montesquieu y Bucle, por su idea del progreso con Condorcet; por su fatalismo filosófico y por su panteísmo con Herder y Hegel; por su idea del hombre natural con Rousseau; por su concepción de las diversas razas con Gobineau; por su idea del hombre civilizado y su servidumbre con Nietzche; en fin, por sus teorías sociológicas se le ha hecho precursor de Comte y Durkheim y por su interpretación materialista de la historia se le ha comparado con Marx. El carácter enciclopédico de su obra ha permitido encontrar todos estos aspectos que lo acercan a uno u otro autor. Nosotros, occidentales, no resistimos la tentación de comparar las teorías que han surgido de nuestro ámbito intelectual con el sistema filosófico ideado por un genio musulmán alejado de nosotros en el tiempo y el espacio. Pero éste ha sido un gigantesco error que ha desvirtuado las teorías jaldunianas, originales per se y que por ello mismo sólo son susceptibles de comparación por mero afán de erudición y no como un intento de explicación de su estructura y contenido filosófico.
Por otra parte, es necesario reconocer que el sistema de Ibn Jaldún es prácticamente aplicable, debido a su amplitud, a cualquier momento o situación de la historia de la humanidad.[19] Ciertamente las limitaciones existen por la índole peculiar del ambiente en el que transcurrió su vida, pero los Muqaddimah intentan, prescindiendo de los particular, elevarse a los conceptos generales aplicables a cualquier conjunto de hechos históricos sea cual fuere su situación espacial y temporal. Lejos de concretarse a la historia del Magreb, Ibn Jaldún trasciende el reducido espacio de sus observaciones y extrapola a todas las sociedades humanas los principios invariables que la rigen; por ello incluye en sus análisis las historias de otros pueblos tales como los asirios, los hebreos, los griegos y los romanos. Su historia es, como él mismo lo advierte, una historia universal.[20] Su cuadro descriptivo se detiene en el siglo XIV después de decorrer una gran porción de la historia de la humanidad conocida de su época.
A pesar de lo revolucionario de su pensamiento parece no haber tenido sucesores. Su heterodoxia política y religiosa favorecieron el olvido en que cayó su obra. Muchos de sus antecesores también nos son desconocidos lo que ha hecho que se piense que fue un fruto único, aislado y sin secuencia visible, de la civilización islámica llegada con él a su cúspide intelectual.[21] Pero el postular tesis semejante entraña contradicción pues si fue el último y máximo representante de una determinada cultura, en este caso la árabe medieval, es porque sus predecesores facilitaron o permitieron la conjunción de la acumulación cultural con el genio sintético de un hombre. No existe discontinuidad, ni Ibn Jaldún surgií ex nihilo.[22] Fue ciertamente uno de los más representativos pensadores musulmanes del medioevo pero no el único. Las actuales investigaciones sobre el tema van allanando el camino a una interpretación más completa del ambiente cultural que vio surgir una de las mentes históricas más profundas.
b. La ciencia nueva
Desde la advertencia preliminar Ibn Jaldún nos da noticia de los temas que va a desarrollar en su obra y el modo en que piensa enfocarlos:
“Habiéndome enterado de diversos y numerosos trabajos realizados en el campo de la historia, y al cabo de sondear las honduras del pretérito y del presente, logré despertar mi intelecto de su somnolencia y pereza y, aunque de corta riqueza en el saber, inicié un regateo conmigo mismo a efecto de decidirme a componer una obra. Así pues, he escrito un libro sobre la historia en el que descorrí el velo que cubría los orígenes de los pueblos.”
El enfoque del estudio de las sociedades que Ibn Jaldún hace es, entonces y ante todo, un enfoque histórico. Insistimos sobre ello ya que no pocos autores al llevar a cabo el análisis de la obra de nuestro autor tienden, según su interés, a pasar por alto el hecho de que Ibn Jaldún ha elaborado todo un sistema filosófico de la historia apoyado principalmente en considerados de índole histórica y no en elucubraciones apriorísticas sin base empírica firme. El elogio que hace de lo que él llama “noble disciplina” es bastante explícito en este sentido:
“La historia –nos dice– es una de las técnicas que se transmiten de nación a nación, de pueblo a pueblo; que en pos de ella van los estudiosos hasta países remotos, siendo esta ciencia anhelada aun por el vulgo y la gente ociosa.”
Ahora bien, Ibn Jaldún ha distinguido con claridad la narración escueta de los hechos objeto de la historiografía, de la interpretación filosófica de esos mismos hechos, objeto de la historia filosófica como la concebiría Voltaire cuatro siglos más tarde. La Historia Universal (Kitab al- Ibar) pertenece a la primera categoría, los Muqaddimah a la segunda. Así, en la primera, también conocida como Historia de los bereberes[23], no vemos aparecer en ninguna parte un intento de explicación causal, o el deseo de interpretar el conjunto de hechos que se van narrando. Pero los comentarios que aquí se ha ahorrado los ha prodigado en sus Muqaddimah. Si la Historia de los bereberes es una fuente insustituible para estudiar el Magreb medieval, no lo es para conocer el pensamiento filosófico de su autor pese a que fue escrita inmediatamente después de aquellos. Habiendo asentado las bases de su teoría de la historia, parecería que Ibn Jaldún desdeñara aplicarla a la historia que redactara a continuación, dejando al lector formarse sus propias conclusiones. El los Muqaddimah aparecen ciertas generalizaciones teóricas acerca de grupos de fenómenos históricos que vemos repetirse en la Historia de los bereberes; esta última resulta ser entonces un complemento sustancial para comprender el pensamiento histórico jalduniano que como ya dijimos no es una pura especulación apriorística sino todo un sistema apoyado en los datos históricos del pasado con vistas a interpretar su significado y en última instancia a predecir el porvenir y a orientarlo prácticamente. Ibn Jaldún ha concebido con claridad la naturaleza de esta disciplina:
“…se trata de una ciencia sui generis, de un tema específico que aborda la sociedad humana y su desenvolvimiento; trata varias cuestiones que sirven para explicar sucesivamente los hechos y fenómenos inmanentes o vinculados con la esencia misma de la sociedad…”
Y más adelante añade:
“Las disertaciones en que vamos a tratar nuestro tema integran una ciencia novedosa que será notable por la originalidad de sus miras así como por el alcance de su utilidad. Nos condujo a descubrirla la búsqueda insistente y la consecuencia de profundas meditaciones. Esta ciencia no tiene nada en común con la retórica, que es una rama de la lógica, y que se limita al empleo de discursos persuasivos, propios para inducir a las multitudes por una opinión o contra ella. Tampoco tiene nexos con la ciencia administrativa que lleva por objeto el gobierno de una familia o de una ciudad, conforme a las exigencias de la moral y la prudencia, a efecto de encauzar al pueblo por una senda que conduzca a la conservación y perduración de la especie. Difiere, pues, de ambas ciencias aunque quizá pudiera ofrecer algún rasgo de semejanza con ellas. Me parece la mía una ciencia de nueva creación, sin precedente, producida espontáneamente; porque, a fe mía, nunca he visto ni he sabido de tratado alguno que se haya escrito especialmente sobre esta materia. Ignoro si hay que atribuir a la negligencia de los autores el olvido del tema, lo cual, desde luego, no debe lesionar su consideración. Tal vez hayan escrito sobre el particular y tratado el asunto a fondo sin que su producción haya llegado hasta nosotros. De hecho las ciencias son numerosas, asimismo los sabios de diversos pueblos de la especie humana; mas las producciones científicas que no hemos conocido sobrepasan en cantidad a las que han llegado hasta nosotros.”
Se trata entonces de una “ciencia nueva” tanto por su objeto y método como por sus postulados y conclusiones. Es lo que actualmente llamaríamos una “antropología filosófica”, basada en la historia, los cambios económicos y la vida social en general:
“La historia tiene por verdadero fin hacernos comprender el estado social del hombre, es decir, la civilización, y darnos a entender los fenómenos que le son conexos naturalmente, a saber: la vida salvaje; la atenuación de costumbres; el vínculo familiar y tribal; las divergencias de supremacía que los pueblos obtienen unos sobre otros y que conduce al nacimiento de imperios y dinastías; las distinciones de rangos; las ocupaciones a las que los hombres consagran sus trabajos y esfuerzos, tales como las profesiones lucrativas, los oficios que proporcionan el vivir, las ciencias y las artes; en fin, todas las mutaciones que la naturaleza de las cosas puede operar en el carácter de la sociedad.”
Ibn Jaldún recomienda clasificar objetivamente los hechos y criticarlos de acuerdo con las reglas que enunciábamos líneas arriba para después pasar al estudio de las causas que los originaron:
“Al simple narrador –asienta nuestro autor– corresponde hacer referencias y dictar los hechos; mas a la crítica toca fijar su penetrante mirada para descubrir lo que pueda haber de auténtico; es pues, cuestión de saber depurar y bruñir, mediante ka crítica, las facetas de la verdad.”
Después de dejar bien establecido el alcance de la crítica y el método del historiador, Ibn Jaldún hace la distinción clara entre la historiografía propiamente dicha y la filosofía de la historia tal como la expusimos páginas atrás:
“Considerando a la historia en su aspecto exterior, parece que no pasa de ser una serie de anales y acontecimientos que han marcado el curso de épocas y estados de la antigüedad y que dan testimonio del paso de generaciones anteriores. Es por eso que en ella se cultivan diversos giros y citas sentenciosas, que son motivo de solaz en reuniones y celebraciones multitudinarias; es ella la que nos hace conocer la naturaleza de la Creación y sus trastornos experimentados. Nos ofrece un vasto panorama en donde se observa a los imperios promover su carrera; nos muestra cómo los distintos pueblos han habitado el mundo hasta que la hora de la partida les fue anunciada y que el momento de su ocaso ya había llegado. Mas la ciencia histórica tiene sus caracteres intrínsecos, que son el examen y la verificación de los hechos, la investigación atenta de las causas que los han producido, el conocimiento profundo de la naturaleza de los acontecimientos y sus causas originales. La historia por ende forma una rama importante de la filosofía y merece ser contada en el número de sus ciencias.”
NOTAS
[1] “Estudio Preliminar” publicado en Ibn Jaldún, Introducción a la historia universal (Al-Muqaddima), Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1997. (N. de la Redacción).
[2]Nacido en México D.F. en 1942, se doctoró en Historia en 1973. ha sido profesor-investigador de Estudios Históricos El Colegio de México, catedrático de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la Universidad Iberoamericana y del Instituto Autónomo de México. En 1982 ingresó como miembro de la Academia Mexicana de Historia . Actualmente es codirector y asesor de la “Historia cultural y científica de la humanidad” de la UNESCO. (N. de la Redacción)
[3]Franz Rosenthal, “Die arabische Autobiographie”. Studia Arabica, vol. I. (Analeta Orientalia). Roma, 1937. XIV, pp. 33-34.
[4]Autor de una Historia de Granada en la que proporciona algunos datos de la vida de Ibn Jaldún de quien era amigo. La carrera política y literaria de Ibn Jatib transcurrió en España.
[5]Ibn Khaldun, The Muqaddimah, an introduction to History, 2ª Ed., Princeton, 1967. Introducción de Franz Rosenthal, p. XXXI.
[6]Ibid.
[7]Existen varias biografías de nuestro autor. En la Introducción de Franz Rosenthal que mencionábamos más arriba va incluida una interesante y bien documentada biografía (pp. XXIX-LXVII). Vicent Monteil en el Prefacio de la nueva edición francesa de los Muqaddimah (Ibn Khaldun. Discours sur l´histoire universelle. Beyrouth, 1967-1968) también incluye un esbozo biográfico. Otras biografías no carentes de interés se podrán encontrar en el apéndice biográfico de esta misma obra. (Ibn Jaldún , ob. cit., Apéndice II)
[8]Vera Yamuri. “La Filosofía de la Historia de Ibn Jaldún”. Anuario de Historia. Universidad Nacional Autónoma de México. Vol. II. 1962. p. 234.
[9]«En términos de geografía política arábiga, el Magreb (i.e. “el Oeste”) designa en forma general todo el mundo arábigo al oeste de Egipto, aunque la palabra puede restringirse al dominio arábigo del África nordoridental, con exclusión del dominio arábigo de la península ibérica (al-Andalus). Magreb el Aksa (i.e el “Lejano Oeste”) designa a Marruecos. Ifrikiya (arabización del nombre latino África) designa una región un tanto más amplia que el Túnez moderno en que la vida agrícola y urbana predomina sobre el nomadismo. Las sucesivas capitales de Ifrikiya han sido Cartago, Kayrauan, Mahdiya y Túnez..» (Arnold J. Toynbee. Estudio de la Historia. Buenos Aires, Emecé Ediciones, S.A., 1961, T-III, p.343. n. 6.)
[10]Monteil (op. cit., p. XI) llama con una expresión adecuada tomada de San Juan de la Cruz, a este retiro “la soledad sonora”.
[11]Rosenthal, Introducción, p. XXXVIII.
[12]E. F. Gautier. Le Passé de l´Afrique du Nord. París, 1952, p. 84 ss.
[13]Mohammed-Aziz Lahbani, Ibn Khaldun. París, Editions Seghers, 1968, p. 10, n. 2.
[14]Yves Lacoste, El Nacimiento del Tercer Mundo: Ibn Jaldún. Barcelona, Ediciones Península, 1971, pp. 225-226.
[15]Rosenthal ha catalogado las principales fuentes primarias de nuestro autor: para la historia musulmana At-Tabari, Al-Mas’udi y Al-Bayhaqui; para la geografía Al-Idrisi, y para la política y el derecho a Al-Mawardi. También cabe mencionar entre los autores occidentales a Pablo Orosio y sobre todo a Aristóteles.
[16]Monteil, op. cit., p. XXII
[17]José Ortega y Gasset ha dicho de los Muqaddimah que son “un libro que parece escrito por un geómetra de la Hélade”. (En “Abenjaldún nos revela el secreto”. El Espectador. VII-VII. Revista de Occidente, Madrid, 1963, p. 184.)
[18]Rafael Altamira y Crevea. Proceso histórico de la historiografía humana. México, El Colegio de México, 1948, pp. 33.
[19]Erwin I. J. Rosentahl, El pensamiento político en el Islam medieval. Madrid, Revista de Occidente, 1967, p. 100.
[20]Lahbari, ob. cit., pp. 68-69.
[21]Toynbee, ob. cit., pp. 342; Lacoste, ob. cit., pp. 290.
[22]Gautier, ob. cit., pp. 102.
[23]Traducida y editada por primera vez por W. M. de Slane, bajo el título: Ibn Jaldún: Histoire des Berbéres et des dynasties musulmanes de l´Afrique Septentrionale. 4 vols., Argel, 1852-1856.
